miércoles, 28 de enero de 2026

POR SI VUELVE AQUELLAS HORAS

Se reconocieron antes de verse del todo. Fue algo en la manera de detenerse, de mirar alrededor como si buscaran una salida conocida. Los años habían hecho su trabajo: nuevas líneas en el rostro, gestos prestados de otras vidas. Pero había algo intacto, una forma de estar en el mundo que no se aprende dos veces.


—Hola — dijo uno de los dos, y en esa palabra cabían todas las versiones anteriores.


Hablaron despacio, como quien tantea un terreno antiguo. Se contaron lo imprescindible: trabajos, mudanzas, ausencias. Lo que se dice para no mencionar lo que más pesa. Cada tanto, el silencio se sentaba entre ellos sin incomodar, como si también hubiera envejecido.


Recordaron una tarde, una canción, una promesa mal hecha. Rieron con sorpresa, no por lo gracioso, sino por lo vivo. El tiempo no había borrado todo; solo había cambiado el orden de las cosas.


Cuando llegó el momento de irse, ninguno preguntó por el futuro. Se miraron con una ternura nueva, más sobria. Entendieron que no todo reencuentro viene a reparar nada. Algunos existen solo para confirmar que lo que fue, fue real.


Se despidieron sin dramatismo.

Y mientras cada uno se alejaba, supieron lo mismo: que podían volver a perderse… pero ya no como antes.

lunes, 20 de octubre de 2025

Como tú o yo

Lo encontré una noche, bajo el puente, mientras la ciudad dormía.

Sostenía una taza de cartón vacía y miraba las luces como si fueran estrellas lejanas.

—¿Tienes fuego? —me preguntó con voz ronca.

Le presté mi encendedor. Nuestras manos se rozaron, y sentí el frío en su piel.
—Gracias —dijo—. No todos se detienen.

Me quedé allí, sin saber qué responder. Había pasado tantas veces por ese mismo lugar sin verlo… o sin querer verlo.

Hablamos unos minutos. Me contó que antes tenía trabajo, casa, familia. Que un mal día bastó para perderlo todo. Pero no pedía lástima; solo conversación.

Cuando me fui, me dijo algo que se me quedó grabado:
—No soy distinto a ti. Solo tuve menos suerte.

Desde entonces, cada vez que cruzo el puente, dejo una taza de café caliente en el mismo rincón. A veces él está, a veces no. Pero cada vez que lo hago, recuerdo que la línea entre su mundo y el mío es tan delgada como una moneda lanzada al aire.

Porque al final, él podría ser yo. Y yo, podría ser él.

jueves, 4 de septiembre de 2025

UN DILEMA MUY MONO

En aquella ciudad, en el centro del parque y tras los barrotes oxidados por el paso del tiempo, había un mono. No era solo un mono: era una vida obligada a actuar, un espíritu reducido al espectáculo. Alrededor de él, había una algarabía de niños y adultos, cada risa y cada fotografía eran cadenas disfrazadas de diversión.

Yo solía quedarme más tiempo que nadie, observándolo, preguntándome si mi presencia lo consolaba o si, en realidad, mi cariño hacia él era otra de las muchas cadenas. Porque incluso el afecto puede convertirse en encierro, y la devoción, en espectáculo.

Los años pasaron, y el parque siguió igual: los barrotes torcidos, la rutina repetida y la indiferencia de la gente intacta. Yo crecí, pero aquella inquietud seguía viva en mí. Ahora sólo pienso en volver, en mitad de la noche, sin público ni aplausos, para abrir el candado oxidado que lo retiene.


lunes, 25 de agosto de 2025

Bienvenida despedida

Valga esta bienvenida casi como despedida

Te abro la puerta con manos temblando,
sabiendo que el tiempo ya nos está restando.
La risa se enciende, la sombra se anida,
valga esta bienvenida casi como despedida.

Tus ojos me nombran, tu voz se demora,
el instante florece y se apaga en la aurora.
El aire se quiebra, la piel casi tiembla,
valga esta bienvenida casi como despedida.

Y si al partir queda un eco en la herida,
será que la ausencia también da la vida.
Pues todo comienzo, aunque dé alegría,
lleva en su seno la melancolía.

miércoles, 20 de agosto de 2025

DIAMONDS AND RUST (DIAMANTES Y ÓXIDO)

 "And if you're offering me diamonds and rust

I've already paid"


"Y si tú me estás ofreciendo diamantes y óxido, yo ya lo he pagado" 


Joan Baez.

"Diamonds and Rust"- Joan Baez.

Cuando pienso en los diamantes y el óxido, los siento como dos fuerzas que conviven en mi propia existencia. Los diamantes son esos recuerdos que brillan aunque pasen los años: una palabra dicha en el momento justo, un abrazo que me sostuvo cuando más lo necesitaba, una canción que todavía me eriza la piel. Son pocas cosas, pero resplandecen con tanta intensidad que me recuerdan quién soy y lo que he amado.

El óxido, en cambio, es el peso del tiempo. Es ese desgaste silencioso que aparece sin darme cuenta: amistades que se fueron, promesas que no se cumplieron, heridas que con el paso de los días se cubrieron de una costra rojiza, áspera, pero imposible de ignorar. El óxido me habla de lo que perdí, de lo que ya no volverá.

Y, sin embargo, he aprendido a mirar ambos con otros ojos. Los diamantes no tendrían tanto valor si no existiera el óxido, y el óxido, por duro que sea, también es una señal de que algo fue real, de que algo importó lo suficiente como para dejar huella. En el fondo, creo que vivir es aceptar que entre lo que brilla y lo que se desgasta se escribe nuestra historia.

lunes, 28 de julio de 2025

Un comienzo no decidido

 La libertad ha sido durante siglos uno de los valores más exaltados por filósofos, pensadores y movimientos sociales. Se nos educa en la idea de que somos dueños de nuestro destino, responsables de nuestras decisiones, arquitectos de nuestro propio camino. Sin embargo, hay una paradoja profunda en el corazón de esa narrativa: la vida misma —el hecho de nacer— no es una elección. Nadie pidió venir al mundo, nadie escogió el cuerpo, el país, la época, ni las circunstancias que lo recibirían. Y en esa contradicción nace una reflexión crucial sobre el alcance real de nuestra libertad.

Nacer es, quizás, la decisión más trascendental de todas, pues marca el inicio de todo lo demás. Es el punto de partida de cualquier libertad posterior. No obstante, no somos sujetos de esa decisión: somos sus consecuencias. Aparecemos en un mundo ya en marcha, bajo condiciones preestablecidas. Algunos nacen en paz, otros en guerra. Algunos nacen rodeados de amor y recursos, otros en la más cruel de las precariedades. La libertad que podamos ejercer más adelante estará siempre condicionada por ese punto de partida impuesto. ¿Qué sentido tiene hablar de libertad en un mundo donde lo esencial ha sido decidido por otros?

Este dilema ha sido explorado en distintos marcos filosóficos. Jean-Paul Sartre, por ejemplo, defendía que estamos “condenados a ser libres”, en el sentido de que, una vez lanzados al mundo, no podemos escapar de la responsabilidad de nuestras elecciones. Pero incluso Sartre comienza con la premisa de un ser ya nacido, ya arrojado a la existencia. No cuestiona la falta de libertad en el acto fundacional de la vida. Por otro lado, el existencialismo reconoce esa angustia que nace del absurdo de existir sin haberlo pedido. Camus lo plantea crudamente: “No hay destino que no se supere con el desprecio”. Y, sin embargo, no hay desprecio suficiente para cambiar el hecho de haber nacido.

¿Significa esto que la libertad es una ilusión? No necesariamente. La libertad, más que un punto de partida, puede entenderse como un proceso. Si bien no elegimos nacer, sí podemos —en cierta medida— moldear el significado que damos a nuestra existencia. La verdadera libertad no radica en haber decidido empezar, sino en decidir cómo continuar. Es limitada, sí, pero no inexistente. Está filtrada por las circunstancias, pero dentro de esas paredes hay márgenes de acción, de pensamiento, de transformación.

Aceptar que no elegimos nacer no es rendirse ante el determinismo, sino reconocer humildemente los límites de nuestra voluntad. Solo desde ese reconocimiento podemos construir una libertad más honesta, más comprometida, menos arrogante. Una libertad que no niega las condiciones impuestas, sino que las confronta y, cuando puede, las trasciende.

En conclusión, la mayor de las decisiones —existir— nos es negada. Pero esa negación no impide que, una vez aquí, luchemos por ser dueños de nuestro recorrido. Quizá nunca seamos completamente libres, pero podemos ser responsables, críticos, conscientes. Tal vez no decidimos nacer, pero sí podemos decidir vivir con sentido.

miércoles, 16 de abril de 2025

Cómo aprender a poner límites sin sentirse culpable

 Durante mucho tiempo, decir "no" me sabía a culpa. Me preocupaba decepcionar a otros, parecer egoísta o simplemente causar un conflicto. Así que decía que sí...incluso cuando me dolía, me agotaba o me hacía sentir invisible.

Hasta que un día me di cuenta de algo: Cada vez que evitaba poner un límite, estaba diciéndome a mí misma que mis necesidades importaban menos que las de los demás.

Aprender a poner límites no fue un proceso de un día. Empezó con pequeñas frases:


— "Lo siento, hoy no puedo."
— "Necesito pensarlo antes de comprometerme."
— "No me siento cómoda con eso."


Y sí, al principio me sentí culpable. Mucho. Pero con el tiempo entendí que esa culpa no era mía, era el reflejo de una vieja creencia: la creencia de que quererme a mí misma era egoísta.


Te voy a spoilear: ¡No lo es!


Poner límites me enseñó a respetarme, y curiosamente, también hizo que las personas a mi alrededor me respetaran más. Quien se alejó al escuchar mi “no”, quizás nunca estuvo realmente cerca. Y quien se quedó, aprendió conmigo.


Ahora sé que decir "no" también es una forma de decir “sí":


— Sí a mi paz mental.
— Sí a mi tiempo.
— Sí a mi bienestar.
— Sí a mí.


Si estás en ese proceso, te lo digo de corazón: no tienes que explicarte de más, no estás siendo mala persona, y no estás sola. Aprender a poner límites es un acto de amor propio. Y el amor propio, créeme, nunca debería hacerte sentir culpable.


POR SI VUELVE AQUELLAS HORAS

Se reconocieron antes de verse del todo. Fue algo en la manera de detenerse, de mirar alrededor como si buscaran una salida conocida. Los añ...