En aquella ciudad, en el centro del parque y tras los barrotes oxidados por el paso del tiempo, había un mono. No era solo un mono: era una vida obligada a actuar, un espíritu reducido al espectáculo. Alrededor de él, había una algarabía de niños y adultos, cada risa y cada fotografía eran cadenas disfrazadas de diversión.
Yo solía quedarme más tiempo que nadie, observándolo, preguntándome si mi presencia lo consolaba o si, en realidad, mi cariño hacia él era otra de las muchas cadenas. Porque incluso el afecto puede convertirse en encierro, y la devoción, en espectáculo.
Los años pasaron, y el parque siguió igual: los barrotes torcidos, la rutina repetida y la indiferencia de la gente intacta. Yo crecí, pero aquella inquietud seguía viva en mí. Ahora sólo pienso en volver, en mitad de la noche, sin público ni aplausos, para abrir el candado oxidado que lo retiene.