Durante mucho tiempo, decir "no" me sabía a culpa. Me preocupaba decepcionar a otros, parecer egoísta o simplemente causar un conflicto. Así que decía que sí...incluso cuando me dolía, me agotaba o me hacía sentir invisible.
Hasta que un día me di cuenta de algo: Cada vez que evitaba poner un límite, estaba diciéndome a mí misma que mis necesidades importaban menos que las de los demás.
Aprender a poner límites no fue un proceso de un día. Empezó con pequeñas frases:
— "Lo siento, hoy no puedo."
— "Necesito pensarlo antes de comprometerme."
— "No me siento cómoda con eso."
Y sí, al principio me sentí culpable. Mucho. Pero con el tiempo entendí que esa culpa no era mía, era el reflejo de una vieja creencia: la creencia de que quererme a mí misma era egoísta.
Te voy a spoilear: ¡No lo es!
Poner límites me enseñó a respetarme, y curiosamente, también hizo que las personas a mi alrededor me respetaran más. Quien se alejó al escuchar mi “no”, quizás nunca estuvo realmente cerca. Y quien se quedó, aprendió conmigo.
Ahora sé que decir "no" también es una forma de decir “sí":
— Sí a mi paz mental.
— Sí a mi tiempo.
— Sí a mi bienestar.
— Sí a mí.
Si estás en ese proceso, te lo digo de corazón: no tienes que explicarte de más, no estás siendo mala persona, y no estás sola. Aprender a poner límites es un acto de amor propio. Y el amor propio, créeme, nunca debería hacerte sentir culpable.