domingo, 19 de enero de 2025

ENTRE AMOR, MAGIA Y MONEDAS...

Había quedado con una amiga que estaba profundamente triste. Me contó, con un tono que oscilaba entre la frustración y la pena, su último gran desengaño amoroso. Un chico que la había llenado de ilusión semanas atrás, ahora le había causado un gran dolor.  


– Cristina, estoy harta de amar, de entregarme y terminar siempre igual: con chascos, sufrimientos y desilusiones –dijo con la voz quebrada. Después de una pausa cargada de significado, añadió–: ¿Por qué? ¿Por qué siempre termino desilusionada?  


No supe muy bien qué responder. Nunca me he considerado experta en el amor. Pero, inspirada por un impulso, saqué de mi bolsillo tres monedas: una de oro, otra de plata y una de bronce, junto con una pequeña cajita vacía. Mirándola a los ojos, le dije:  


– ¿Ves esta cajita?  


Ella asintió con curiosidad.  


– Hay amores que duran toda la vida. Son significativos, únicos, y valen su peso en oro –le expliqué, mostrando la moneda de oro antes de colocarla lentamente en el fondo de la caja, como si la acariciara.  


– También hay amores que pasan fugazmente, como estrellas que iluminan el cielo y desaparecen –continué. La moneda de plata danzó entre mis dedos con agilidad antes de ir a parar junto a la de oro.  


– Y, a veces, hay amores que nos traen los mayores sufrimientos –dije, mientras sostenía la moneda de bronce entre mis dedos y se la mostraba con detenimiento. Luego, la coloqué en el centro de su palma, presionándola suavemente con mi dedo índice–. Este es el amor que te está haciendo daño ahora mismo –le expliqué–. ¿Qué vas a hacer con él? ¿Tal vez quieras estrujarlo con todas tus fuerzas?  


Ella sonrió tímidamente, aunque parecía dudar.  


– Anda, cierra tu mano con fuerza… Desahógate –le animé con un tono suave pero decidido.  


Ella cerró el puño con fuerza, como si tratara de contener todo el dolor dentro de esa moneda. Yo retiré mi dedo y le pregunté:  


– ¿La tienes bien agarrada, verdad?  


Ella asintió.  


– ¿Tienes ganas de seguir sosteniéndola?  


Su mirada se desvió hacia el suelo, con una mezcla de tristeza y resignación.  


– Ahora abre tu puño –le sugerí–. Vamos a comprobar qué ha pasado con esta señora de bronce.  


Cuando abrió lentamente la mano, me miró con incredulidad.  


– Pero… ¿dónde está la moneda? –preguntó desconcertada.  


– ¡Uf! ¡Dios mío! Has apretado tan fuerte que parece que la has desintegrado –bromeé, observando su reacción.  


Ella miró su palma y el dorso de su mano, como si buscara una explicación.  


– Tal vez –le dije en tono misterioso– la moneda se haya asustado y haya decidido reunirse con las demás.  


Tomé la cajita, la volqué sobre la mesa y las monedas rodaron con suavidad: oro, plata y… ¡bronce!  


– ¡Aquí está! –exclamé, mostrando las tres monedas en mi mano como un abanico de naipes–. Quizá todos los amores que pasan por nuestra vida están sobre la palma de nuestra mano –le dije, colocando las monedas una por una sobre mi palma abierta: oro, plata y bronce–. Pero es importante recordar que somos nosotros quienes decidimos a quién amamos y, más importante aún, en manos de quién depositamos nuestro corazón.  


Hice una pausa y continué:  


– Entregaste tu corazón a alguien que terminó dañándote, igual que sostuviste esta moneda de bronce en tu mano. Y él, al final, lo estrujó hasta hacerte daño.  


Luego cerré mi mano, ocultando las monedas, y soplé suavemente sobre el puño cerrado. Al abrirlo, las monedas ya no estaban allí.  


Ella sonrió sorprendida.  


– ¡¿Han desaparecido?! –exclamó.  


– Sí –afirmé–, porque el mejor lugar para albergar a alguien no es la palma de tu mano, sino tu corazón.  


Lo que ella no sabía, porque no se lo dije, era que mis monedas habían desaparecido y se había instalado en el bolsillo de su camiseta, ese que está más cerca de su pecho.  


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**Dedicado a las monedas de oro, plata y bronce que se han cruzado en mi vida.**  

¡Gracias!   

POR SI VUELVE AQUELLAS HORAS

Se reconocieron antes de verse del todo. Fue algo en la manera de detenerse, de mirar alrededor como si buscaran una salida conocida. Los añ...