lunes, 28 de julio de 2025

Un comienzo no decidido

 La libertad ha sido durante siglos uno de los valores más exaltados por filósofos, pensadores y movimientos sociales. Se nos educa en la idea de que somos dueños de nuestro destino, responsables de nuestras decisiones, arquitectos de nuestro propio camino. Sin embargo, hay una paradoja profunda en el corazón de esa narrativa: la vida misma —el hecho de nacer— no es una elección. Nadie pidió venir al mundo, nadie escogió el cuerpo, el país, la época, ni las circunstancias que lo recibirían. Y en esa contradicción nace una reflexión crucial sobre el alcance real de nuestra libertad.

Nacer es, quizás, la decisión más trascendental de todas, pues marca el inicio de todo lo demás. Es el punto de partida de cualquier libertad posterior. No obstante, no somos sujetos de esa decisión: somos sus consecuencias. Aparecemos en un mundo ya en marcha, bajo condiciones preestablecidas. Algunos nacen en paz, otros en guerra. Algunos nacen rodeados de amor y recursos, otros en la más cruel de las precariedades. La libertad que podamos ejercer más adelante estará siempre condicionada por ese punto de partida impuesto. ¿Qué sentido tiene hablar de libertad en un mundo donde lo esencial ha sido decidido por otros?

Este dilema ha sido explorado en distintos marcos filosóficos. Jean-Paul Sartre, por ejemplo, defendía que estamos “condenados a ser libres”, en el sentido de que, una vez lanzados al mundo, no podemos escapar de la responsabilidad de nuestras elecciones. Pero incluso Sartre comienza con la premisa de un ser ya nacido, ya arrojado a la existencia. No cuestiona la falta de libertad en el acto fundacional de la vida. Por otro lado, el existencialismo reconoce esa angustia que nace del absurdo de existir sin haberlo pedido. Camus lo plantea crudamente: “No hay destino que no se supere con el desprecio”. Y, sin embargo, no hay desprecio suficiente para cambiar el hecho de haber nacido.

¿Significa esto que la libertad es una ilusión? No necesariamente. La libertad, más que un punto de partida, puede entenderse como un proceso. Si bien no elegimos nacer, sí podemos —en cierta medida— moldear el significado que damos a nuestra existencia. La verdadera libertad no radica en haber decidido empezar, sino en decidir cómo continuar. Es limitada, sí, pero no inexistente. Está filtrada por las circunstancias, pero dentro de esas paredes hay márgenes de acción, de pensamiento, de transformación.

Aceptar que no elegimos nacer no es rendirse ante el determinismo, sino reconocer humildemente los límites de nuestra voluntad. Solo desde ese reconocimiento podemos construir una libertad más honesta, más comprometida, menos arrogante. Una libertad que no niega las condiciones impuestas, sino que las confronta y, cuando puede, las trasciende.

En conclusión, la mayor de las decisiones —existir— nos es negada. Pero esa negación no impide que, una vez aquí, luchemos por ser dueños de nuestro recorrido. Quizá nunca seamos completamente libres, pero podemos ser responsables, críticos, conscientes. Tal vez no decidimos nacer, pero sí podemos decidir vivir con sentido.

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