Lo encontré una noche, bajo el puente, mientras la ciudad dormía.
Sostenía una taza de cartón vacía y miraba las luces como si fueran estrellas lejanas.
—¿Tienes fuego? —me preguntó con voz ronca.
Le presté mi encendedor. Nuestras manos se rozaron, y sentí el frío en su piel.
—Gracias —dijo—. No todos se detienen.
Me quedé allí, sin saber qué responder. Había pasado tantas veces por ese mismo lugar sin verlo… o sin querer verlo.
Hablamos unos minutos. Me contó que antes tenía trabajo, casa, familia. Que un mal día bastó para perderlo todo. Pero no pedía lástima; solo conversación.
Cuando me fui, me dijo algo que se me quedó grabado:
—No soy distinto a ti. Solo tuve menos suerte.
Desde entonces, cada vez que cruzo el puente, dejo una taza de café caliente en el mismo rincón. A veces él está, a veces no. Pero cada vez que lo hago, recuerdo que la línea entre su mundo y el mío es tan delgada como una moneda lanzada al aire.
Porque al final, él podría ser yo. Y yo, podría ser él.