Estaba en la parada del autobús en el centro de mi ciudad. Hacía una calor demencial, lo malo de los centros urbanos es la conglomeración de asfalto y vehículos. La cada vez más ausencia de árboles y, su consecuencia, la falta de sombras y el frescor que ellos proporcionan.
Le faltaban diez minutos a mi bus cuando, de repente, por la acera de enfrente, pasó mi ex-novio al cual llevaba sin ver desde hacía 5 años aproximadamente. Al principio me costó reconocerlo, pensé que era alguien que se parecía mucho a él. Lo miré cruzando delante de mí sin saber si él me había visto o no, si me reconoció o ,al igual que yo, dudaba de mi identidad. Nos miramos a los ojos por un instante que se hizo largo…
…Sentí un mestizaje de emociones cruzarse por mi corazón. Los recuerdos se juntaron de golpe. La persona que cruzaba no era la que solía ser, tenía totalmente el pelo blanco, estaba mucho más blanco y había cogido unos kilos, iba vestido de una forma totalmente inusual a la que solía vestir cuando estábamos juntos. Incluso tenía cierto aire extranjero.
Ese desconocido actual al cual había amado en el pasado se perdía calle abajo. Era como ver cruzar seis años de mi vida delante de mi calle abajo.
Entonces llegó mi autobús y lo tomé. Me senté en un asiento de atrás y mi imagen se reflejó en el cristal.
¡Que cambiados estamos!- Pensé ante el recuerdo de él y mi yo reflejado: ¿Acaso las personas que somos ahora conservamos algo de las que fuimos?. Al fin y al cabo, éramos dos desconocidos, dos extraños con un pasado en común, con una historia y, con un final, un poco triste.
La calle pasaba ante mis ojos, mi reflejo en el cristal iba y venia, a veces parecía diluirse y mimetizarse con el exterior.
Me vino una imagen al pensamiento, una matrioska que es una muñeca rusa que contiene más muñecas iguales las cuales unas albergan a las otras, como si se trataran de capas. Luego pensé en un árbol y en los anillos que lo conforman. Tal vez, mi yo y su yo actual ya no eran los mismos, pero albergaban nuestros yos pasados. En algún lugar recóndito de nuestros seres y de nuestro pasado, entre esas capas, estaba ese nosotros que una vez fuimos. Y, sin embargo, aunque ni él, ni yo ya no somos los mismos. Nuestras vidas habían confluido como dos lineas que se cruzaban en un punto y que ahora estaban a millones de años luz de distancia.