Saber marcharse a tiempo es un acto de amor propio y de autoconocimiento de nuestros límites, es reconocer que no todos los caminos fueron destinados para ser recorridos hasta el final.
Irse no significa rendirse; a veces, es un acto que conlleva una gran valentía y la capacidad de soltar lo que ya no nos hace felices, lo que se convierte en una carga. Comprender que cada persona y situación tiene su momento y que aferrarse solo nos llenaría de vacío y dolor.
Marcharse es regalarse la posibilidad de buscar lo que realmente necesitamos, permitirse sanar, redescubrirse y abrirse a nuevas experiencias.
La vida es constante movimiento y cambio. Por ello, para avanzar hay que saber dejar atrás y soltar.
Por lo tanto, irse a tiempo es un acto de sabiduría. Saber escuchar al corazón y analizar nuestros pensamientos, saber cuando algo ya no es para nosotros, y tener la fuerza y el coraje de seguir adelante, aunque duela...Y tener como consuelo que, en cada acto de despedida, se halla la semilla de un nuevo comienzo.