jueves, 10 de octubre de 2024

JAULAS INVISIBLES

Clara caminaba despacio por el largo pasillo de la prisión, un eco monótono acompañaba sus pasos. Sus ojos, fijos en el final del camino, intentaban deshacer del nudo en su garganta, esa presión invisible que cada día parecía más pesada. Había perdido la cuenta de las veces que había repetido ese recorrido, cruzando las mismas puertas de metal, soportando las miradas frías de los guardias, las cámaras observándola desde cada ángulo. 

Cuando llegaba a la sala de visitas, sus ojos buscaban automáticamente a Luca, sentado detrás del grueso cristal. Parecía tranquilo, su rostro más envejecido, pero siempre con la misma sonrisa para ella. Clara se sentaba, levantaba el teléfono, y comenzaba la misma conversación de siempre. 

—¿Cómo estás? —le preguntaba, a pesar de conocer ya la respuesta. 


—Bien, todo igual —respondió, con ese tono que, con los años, se había vuelto una suerte de consuelo. 

El teléfono siempre se sentía frío en su mano, al igual que la barrera invisible entre ellos. Hablar por ese pedazo de plástico no podía borrar la distancia. 


Dos jaulas, dos prisioneros, dos personas, ambos entre rejas. Clara y Luca se sentía más vacíos, más distantes del mundo exterior. Mientras sus amigos seguían adelante, construyendo vidas, formando familias, ellos permanecían estancados, girando siempre en el mismo ciclo. 


Un día, al regresar de la prisión, se sentó en su pequeño apartamento. El sol de la tarde se filtraba por las cortinas, pero ya no sentía su calor. En ese momento, lo entendió: la falta de libertad no siempre dependía de rejas físicas. Su prisión era aquel amor que no le dejaba avanzar, la obligación de sostener una relación que no podía florecer fuera de los límites de aquellas paredes grises. 


Finalmente, comprendió que había llegado el momento de soltar. No porque hubieran dejado de amarse, sino porque necesitaba liberarse. La próxima vez que se vieron, hubo algo diferente:

—¿Estás bien? —le preguntó. Asintió, pero esta vez, su sonrisa fue amarga. 


— Quiero despedirme—dijo con la voz quebrada, pero firme. 


Se miraron por última vez con tristeza, pero también con comprensión. Sabían, en el fondo, aquel día llegaría. 

Ambos habían estado atrapados, y solo uno de los dos tenía la oportunidad de ser verdaderamente libre. 


Entonces colgó el teléfono y mientras cruzaba las puertas que lo separaban del mundo exterior, algo comenzó a liberarse dentro de sí. No fue fácil, pero por primera vez en años, sintió que la jaula en la que había vivido empezaba a desmoronarse. 


A veces, la verdadera libertad no está en abrir una puerta, sino en dejar ir aquello que te mantiene.

POR SI VUELVE AQUELLAS HORAS

Se reconocieron antes de verse del todo. Fue algo en la manera de detenerse, de mirar alrededor como si buscaran una salida conocida. Los añ...