miércoles, 16 de abril de 2025

Cómo aprender a poner límites sin sentirse culpable

 Durante mucho tiempo, decir "no" me sabía a culpa. Me preocupaba decepcionar a otros, parecer egoísta o simplemente causar un conflicto. Así que decía que sí...incluso cuando me dolía, me agotaba o me hacía sentir invisible.

Hasta que un día me di cuenta de algo: Cada vez que evitaba poner un límite, estaba diciéndome a mí misma que mis necesidades importaban menos que las de los demás.

Aprender a poner límites no fue un proceso de un día. Empezó con pequeñas frases:


— "Lo siento, hoy no puedo."
— "Necesito pensarlo antes de comprometerme."
— "No me siento cómoda con eso."


Y sí, al principio me sentí culpable. Mucho. Pero con el tiempo entendí que esa culpa no era mía, era el reflejo de una vieja creencia: la creencia de que quererme a mí misma era egoísta.


Te voy a spoilear: ¡No lo es!


Poner límites me enseñó a respetarme, y curiosamente, también hizo que las personas a mi alrededor me respetaran más. Quien se alejó al escuchar mi “no”, quizás nunca estuvo realmente cerca. Y quien se quedó, aprendió conmigo.


Ahora sé que decir "no" también es una forma de decir “sí":


— Sí a mi paz mental.
— Sí a mi tiempo.
— Sí a mi bienestar.
— Sí a mí.


Si estás en ese proceso, te lo digo de corazón: no tienes que explicarte de más, no estás siendo mala persona, y no estás sola. Aprender a poner límites es un acto de amor propio. Y el amor propio, créeme, nunca debería hacerte sentir culpable.


jueves, 10 de abril de 2025

DEJAR IRSE

Dejar irse.

No porque el amor se haya acabado,
sino porque, a veces,
el amor verdadero sabe cuándo ya no puede retener.

Y entonces,
en vez de cerrarse con llave,
abre la puerta.

A veces, la puerta tiene dos ejes:
uno para entrar,
otro para salir.
Y hay que saber cuándo dejar que gire.

A veces,
la forma más pura de amar
es no detener
a quien necesita seguir su camino,
incluso si eso significa
que tú te quedas al otro lado.

Porque el amor
no siempre construye raíces;
a veces, construye alas.
Y en ese vuelo que no es tuyo,
también estás tú.
Aunque nadie más lo vea.



martes, 8 de abril de 2025

NUNCA NUNCA JAMÁS


Wendy no se enamoró de Peter, se enamoró de la idea de lo que era Peter.
  Ella siempre había soñado con volar. No con alas, ni con máquinas. Volar como lo hacen los cuentos: con polvo de hada, con una segunda estrella a la derecha, con una promesa susurrada entre risas infantiles. Así fue como Peter llegó a su ventana, no como un niño, sino como una interrupción mágica del mundo que conocía.

Era libre, era salvaje; pero, sobre todo, era imposible. Era la risa desafiando al reloj, la espada que no temía al tiempo, la sombra que se escapaba de la pared como un presagio. Wendy lo observaba y no veía a un niño, sino a una leyenda. No era él quien la deslumbraba, era lo que representaba:


Peter era el último rincón del mundo donde aún no llegaba el deber, ni el peso de los días. Y ella, tan cerca de crecer, tan al borde de convertirse en algo más que una niña, se aferró a él como quien se aferra a un sueño justo antes de despertar.


Y Peter la llevó a volar. Y fueron a Nunca Jamás y allí, allí en medio de los juegos eternos, Wendy empezó a ver. A ver de verdad lo que Peter nunca diría: Aquella eternidad era una condena disfrazada de juego. No crecer tenía un precio y la risa eterna también podía ser una máscara. Ciertamente, Peter tampoco la amaba, al menos no cómo se ama verdaderamente, sino con la memoria de una historia que no cambia…pero Wendy sí cambió y ella vio más allá del polvo de hada.


Y entonces lo supo: Ella  no estaba enamorada de Peter. Estaba enamorada de lo que él simbolizaba... El último suspiro de la infancia. La puerta entreabierta al “para siempre” que uno nunca alcanza.


Así que cuando regresó a casa, no lloró. Había dejado atrás un mundo irreal, pero también una parte de sí que ya no necesitaba. Y mientras cerraba la ventana, comprendió que crecer no era perder la magia. Era aprender a reconocer cuándo la magia sólo es una ilusión.


POR SI VUELVE AQUELLAS HORAS

Se reconocieron antes de verse del todo. Fue algo en la manera de detenerse, de mirar alrededor como si buscaran una salida conocida. Los añ...