Wendy no se enamoró de Peter, se enamoró de la idea de lo que era Peter. Ella siempre había soñado con volar. No con alas, ni con máquinas. Volar como lo hacen los cuentos: con polvo de hada, con una segunda estrella a la derecha, con una promesa susurrada entre risas infantiles. Así fue como Peter llegó a su ventana, no como un niño, sino como una interrupción mágica del mundo que conocía.
Era libre, era salvaje; pero, sobre todo, era imposible. Era la risa desafiando al reloj, la espada que no temía al tiempo, la sombra que se escapaba de la pared como un presagio. Wendy lo observaba y no veía a un niño, sino a una leyenda. No era él quien la deslumbraba, era lo que representaba:
Peter era el último rincón del mundo donde aún no llegaba el deber, ni el peso de los días. Y ella, tan cerca de crecer, tan al borde de convertirse en algo más que una niña, se aferró a él como quien se aferra a un sueño justo antes de despertar.
Y Peter la llevó a volar. Y fueron a Nunca Jamás y allí, allí en medio de los juegos eternos, Wendy empezó a ver. A ver de verdad lo que Peter nunca diría: Aquella eternidad era una condena disfrazada de juego. No crecer tenía un precio y la risa eterna también podía ser una máscara. Ciertamente, Peter tampoco la amaba, al menos no cómo se ama verdaderamente, sino con la memoria de una historia que no cambia…pero Wendy sí cambió y ella vio más allá del polvo de hada.
Y entonces lo supo: Ella no estaba enamorada de Peter. Estaba enamorada de lo que él simbolizaba... El último suspiro de la infancia. La puerta entreabierta al “para siempre” que uno nunca alcanza.
Así que cuando regresó a casa, no lloró. Había dejado atrás un mundo irreal, pero también una parte de sí que ya no necesitaba. Y mientras cerraba la ventana, comprendió que crecer no era perder la magia. Era aprender a reconocer cuándo la magia sólo es una ilusión.
